Café necesito café. Me levanto de mi silla, me dirijo a la cafetera y no hay  más de este líquido que me permite estar despierto un poco más. ¿Será que ya es tiempo de ir a casa? El reloj no me dice otra cosa, más que es tiempo de partir, de salir de este espacio donde solo se escucha el esfuerzo que hace mi computadora por seguir encendida después de casi 15 hrs. de trabajo continuo. Miro a mí alrededor y no hay nadie más que yo. Tomo mis cosas y ahí está el mismo vigilante de todas las noches y la despedida de siempre: ¡Que descanse Licenciado, Hasta mañana!  Y emprendo el camino a casa.

Llego después de algunos minutos de manejar por las calles de esta ciudad. Como todos los días encuentro todo oscuro y solitario. Veo a mi esposa vencida por el sueño con un libro en las manos, me dirijo al cuarto de los niños y ahí están, durmiendo como angelitos después de un día pesado de escuela, actividades, juegos a lado de su madre ¿y yo?  Trabajando.

Como quisiera compartir con ellos lo que hacen, hacer la tarea, explicarles matemáticas y que dejen de ir a esos cursos donde solo nos sacan dinero. Dinero que gracias a mi trabajo tenemos. Trabajo asi para poder darles una buena calidad de vida a mis hijos, una vida que yo no tuve, sin embargo trabajo tanto que no paso tiempo a su lado y, como siempre mi  madre me dice: “Te estás perdiendo los mejores años de tu familia”. Las mamás siempre tienen la razón.

Es momento de despertar y comenzar uno de esos tantos días de los cuales ya estoy acostumbrado y que mi familia día con día se rehúsa  a  tener. Escucho pasos, frases como: “Apúrate, se hace tarde”, “Mamá, no me puedo abrochar las agujetas”, “Niños ya está el desayuno”.

Lo primero que hago es saludar a mi esposa, darle un beso y cruzar dos palabras con mis hijos en el poco tiempo que tengo antes de que partan  a la escuela. Todos salen corriendo y yo me quedo mirando mi desayuno sin ganas de tocarlo porque no hay con quién charlar.

Rumbo al trabajo no hago más que preguntarme. ¿Por qué aun dando todo, no se es feliz? ¿Por qué el dinero no es la felicidad?

En ese  momento la radio que siempre me acompaña en las distancias que debo recorrer en el auto, respondió a mis preguntas. El locutor, que su nombre es…  mmm… la verdad es que no lo recuerdo, pero recuerdo perfecto sus palabras.

“¿Sería posible encontrar en el mundo lugares remotos cuyos habitantes fuesen pobres pero felices?

Si los ingresos y la satisfacción no están estrechamente relacionados, ¿por qué la gente se desvive por conseguirlos? Quizás el ser humano tenga un insaciable deseo por el dinero o por la categoría social que el dinero puede proporcionar. La gente puede entonces adaptarse a las circunstancias de forma que cada incremento de dinero cree rápidamente un nuevo modelo frente al cual medirse. Hay mucho de cierto en esta teoría. A pesar de ello hay pruebas que sugieren que el deseo de adquirir más dinero disminuye a medida que los ingresos aumentan. Además, como ya se mencionó antes, no existe evidencia alguna de que el dinero pueda comprar la felicidad. De hecho, existen evidencias que demuestran justo lo contrario.

Ya que entramos en un juego de aquellos elementos  que nos provocan, más que felicidad, una emoción pasajera y transitoria; nos emociona comprar un traje nuevo, nos emociona tener un reloj fino, conducir un buen auto, y, en fin, nos emociona “pagar, utilizar o poseer algo”, efecto  que se desvanece al poco tiempo, pero que, al igual que una droga alucinógena, nos empuja  a buscar otros y más complejos satisfactores materiales  para seguir estimulando nuestras emociones, lo cual erróneamente se considera como un estado de felicidad. Tal y como escribió el respetado e iconoclasta economista llamado Tibor Scitovsky en su libro The Joyless Economy (1977), muchos de los placeres de esta vida ni se compran ni se venden. Si tú sabes vivir y cuál es tu felicidad ya todo depende de ti. Acércarte a las emociones que más llenen tu vida y te hagan sentir bien. Para ello es importante que te des cuenta del valor del tiempo, porque  el tiempo es infinitamente más importante  que el dinero “Es lo único que jamás regresa y que ni todo el oro del mundo puede comprar”.  Concluyo radio escuchas diciéndoles que “La felicidad humana es una disposición  de la mente no  del dinero”.”

En ese momento bajé del coche, entré a mi oficina, revisé pendientes, tuve juntas, y cuando menos lo pensé todos terminaban su jornada laboral. Por supuesto la mía también terminó por este día y comprendí  que mi trabajo me hace feliz y de él depende mi estabilidad económica, pero que existen otros y poco explorados caminos para lograr  el más grande anhelo de todo ser humano: La felicidad.

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